Cuando dejamos de tener una profesión y empezamos a ser nuestra profesión.

Estoy bastante segura que, si eres una persona emprendedora, te resonará esta frase.
¿Conoces esa sensación de sentirte absorbida por tu profesión o tu proyecto y no poder ver
más allá? Cuando el éxito en tu proyecto se convierte en la fuente principal de tu identidad y
parece que impregna todos y cada uno de los aspectos de tu vida, te lleva al punto de
asumir que cualquier tropiezo o dificultad empresarial, habla de tu persona: “si el proyecto
prospera o fracasa, es sinónimo de mi valía; si tengo una época menos productiva, no
valgo; si se me escapa algo y no sé hacerlo sola, soy una impostora…
Que estos pensamientos se conviertan en una constante, es un riesgo muy común en el
ámbito del emprendimiento; y aunque parezcan muy reales,no son más que intrusos que
merman nuestra confianza y nuestro saber hacer y estar.
Las personas emprendedoras sabemos que tirar adelante nuestro propio negocio o
proyecto implica entre otras cosas tener todo el día la cabeza hirviendo de ideas. Necesitar
saber y abarcar muchos campos y que esa misma necesidad, nos haga tener la sensación
de que a menudo, perdemos el foco de lo importante. Incluso, si emprendemos en
solitario, es fácil que nos sintamos aisladas y que ello nos abrume o desestabilice. La suma
de todas esas cosas es muy drenante y pone un peso sobre nuestros hombros que muchas
veces no vemos venir pero que es difícil de ignorar.


Las líneas entre lo personal y lo profesional se difuminan muy fácilmente y eso dificulta
mucho invertir en que nuestro proyecto se adapte a nuestras necesidades vitales y no al
revés. Ese es el mayor error que muchas de nosotras acabamos cometiendo.
Emprender es como meter en una misma batidora nuestros valores, ideas,recursos, tiempo,
expectativas y nuestra seguridad financiera y esperar que toda esta mezcla no nos engulla y
nos haga desaparecer como individuos por el camino. No tiene mucho sentido ¿verdad?
Es por eso que es muy fácil que cualquier crítica o fracaso nos lo llevemos al terreno
personal. Porque al fin y al cabo, es nuestro proyecto, es personal. Pero el lenguaje que
usamos importa y hay un matiz que se nos escapa con facilidad en ese proceso. Pasamos
de tener un proyecto, que nos pertenece y es importante pero no es el todo, a “darle vida
propia” y hacer que este sea una extensión de nosotros mismos que arrasa con otras áreas
de nuestra vida a su paso. Y aquí es cuando nos perdemos del todo ya que es harto difícil
darle un espacio diferenciado a cada aspecto de nuestra vida y todo se vuelve una especie
de tejido indivisible. Volver a reubicar, recuperar espacios perdidos y redimensionar las
prioridades no es tarea fácil.


Es interesante destacar que, para ponerle solución a este tema, al contrario de lo que
podríamos pensar de forma automática (desvincularnos emocionalmente del proyecto o si
más no, tomar distancia de él), el objetivo desde una perspectiva terapéutica es más bien lo
que comentábamos al final del párrafo anterior; aprender a compartimentar aspectos de
nuestra vida y recuperar un “yo personal” que abarque lo suficiente como para que el
proyecto sea una parte de nuestra identidad sin ocuparla por completo.
La adaptación entre empresa y persona debe ser bidireccional; es decir, obviamente la
persona debe adaptarse a las necesidades del negocio en cierta medida pero, es aún más
importante que la empresa se adapte a las necesidades de la o las personas que formen
parte del proyecto. La idea es diseñar un modelo de negocio que refleje quién eres, cómo
trabajas y qué quieres transmitir poniendo el foco también en tus necesidades vitales.

Identificarnos con nuestro proyecto tiene un coste psicológico importante.

Es posible que de entrada, no seamos conscientes de este coste. Emprender es algo así
como una carrera de fondo pero es muy posible que al principio, lo sintamos más como los
cien metros lisos. Con toda la motivación de empezar algo nuevo y que, además, nos
apasiona, ponemos toda nuestra energía y nuestras ganas en el proyecto y no “nos pesa”
todo ese sacrificio que hacemos sin darnos cuenta. Pero a la larga hace mella y para
cuando solemos ser conscientes de ello, muchas veces es porque ya nos ha pasado por
encima cual apisonadora.
He aquí algunos indicativos que nos pueden ayudar a reconocer que nos encontramos en
esa situación:

  • El fracaso en el ámbito profesional lo llevamos al terreno personal y lo
    asumimos como un fracaso particular:
    “Si mi proyecto no funciona es porque yo
    no funciono”. Esta afirmación generalmente nos lleva a sentir que somos
    incompetentes, tener vergüenza, que crezca nuestra inseguridad sobre aquello que
    hacemos,un mayor nivel de autoexigencia,dificultad o imposibilidad para pedir
    ayuda, mayor ansiedad.. En definitiva, dejamos de evaluar nuestras decisiones
    empresariales justo como lo que son y pasamos a poner en tela de juicio en su lugar
    nuestra valía.
  • Medimos nuestra autoestima en función de nuestra productividad: El discurso
    pasa de ser un “hoy he trabajado mucho” a un “hoy he sido productiva”. Y por tanto,
    “si no soy suficientemente productiva y además lo hago todos los días igual, es que
    no soy suficientemente válida”. Estos pensamientos nos llevan de forma directa a la
    culpa por descansar, parar, delegar, poner límites entre otros ya que nos conecta
    con un sentimiento de falta de compromiso, de no estar a la altura o de pérdida de
    oportunidades.
  • Sin saber muy bien cómo ha pasado, sentimos que el proyecto ocupa
    prácticamente todo nuestro espacio vital:
    “ ya lo haré, ahora esto es más
    importante, no tengo tiempo para eso…” ; la mayoría de nuestras conversaciones
    giran en torno al mismo tema,los espacios de ocio se ven disminuidos, acabamos
    olvidando o abandonando hobbies “para cuando tenga más tiempo”,el tiempo de
    calidad en casa, con pareja o amigos se va reduciendo…todo esto son ejemplos de
    señales que nos indican que aquella pluralidad que nos hace ser nosotros mismos,
    se va estrechando y lo resentimos. Esta estrechez es clave (y no en un buen
    sentido) en el proceso de identificación con nuestra profesión.
  • Nos blindamos a escuchar nuestras propias necesidades: “la prioridad es el
    proyecto y todo lo demás puede esperar porque si no le meto energía a esto, no
    tira”. El cuerpo muy probablemente empieza a darnos señales en forma de dolor,
    cansancio, dificultades para dormir o achaques varios a los que no le hacemos
    caso.Justificamos la falta de atención a nuestras necesidades poniendo el foco en
    que lo que nos hará “triunfar” es dedicar cada ápice de nuestro tiempo y nuestros
    pensamientos al proyecto que con tanta ilusión hemos emprendido. La
    autoexigencia con su látigo implacable toma el control.
    El problema de identificarnos demasiado con nuestro trabajo no es solamente que
    acabemos trabajando demasiado. Es sobre todo que podemos dejar de preguntarnos
    qué necesitamos. Olvidar esa pregunta es lo que abre la puerta a todo lo demás.

Cuando tú te paras, todo se mueve.

La mayoría de veces, la clave del avance en nuestro proyecto no pasa por tener las
respuestas a todas las preguntas, si no por poder hacernos las preguntas correctas. Parar,
escucharnos, reconocer necesidades y alinear la vida personal y profesional son aspectos
vitales para nuestra supervivencia emocional y física.

Si los dejamos de lado en pos de la productividad, nos estamos dejando por ende a nosotros mismos de lado y si nos olvidamos de la persona detrás del proyecto, nos olvidamos en realidad del motor que lo generó todo.
La meta en este proceso es por lo tanto, conseguir resignificar la pausa no como una
interrupción de la productividad, sino como una condición para poder pensar, revisar,
reorganizar nuestras ideas y decidir mejor teniendo en cuenta no solo el proyecto si no
sobre todo, a quién hay detrás de él.

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